Quizá te extrañe.

Este es el tercer cuento que posteo y el mas largo de los tres, pero también el que mas me ah gustado.

Lo encontré por casualidad en una revista de literatura y me gustó porque me parece que reune las características de un un escrito que atrapa: Una narrativa en primera persona cargada de erotismo y cierto romance mas bien caprichoso, narrado completamente desde la perspectiva femenina (Que puede ser tan sensible como cruel).

La autora es Maritza Buendía, originaria de Zacatecas. Apenas el año pasado recibió el Premio Nacional de Ensayo “José Revueltas” por su obra  “Poética de Vouyeur, poética del amor. Juan García Ponce e Inés Arredondo”

El cuento esta incluido en el libro El jardín de los cautivos (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005), por el cual la autora recibió el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri en 2004.

Sin más, disfrútenlo anticuados.

Quizá te extrañe.

Quizá te extrañe recibir mi carta, pero es que buscando y buscando en mi memoria he vuel­to a revivir las horas interminables que so­lía­mos pasar juntas hablando bobadas acerca de nues­tro futuro, de la familia que que­ríamos formar y del prín­ci­pe maravilloso que encontraríamos disfrazado de sapo. ¿Recuerdas? Desde entonces prometimos contarnos to­do: no dejarnos guiar por la estúpida timidez que censurara nuestros actos o por la incómoda impresión de sen­tirnos diferentes y ya no compartir los mismos pensamientos. Tú en tu mundo y yo en el mío, de eso ni qué hablar, desde que dejamos la escuela nos fue im­posible volver a compaginar nuestras vidas. Pero las promesas siguieron en pie: perder la virginidad lo más pronto posible, precipitarnos, concretar nuestros im­pul­sos. Toda­vía ahora recuerdo aquella carta don­de me hablabas de tu último triunfo: habías ganado en cuanto al primero de nuestros objetivos. Tu carta fue dulce, enterne­ce­do­­ra. Aún la guardo entre mis pape­les importantes y de vez en cuando la releo: apenas te­nías trece años, dos años después de tu primera mens­trua­ción, y tus piernas ado­les­cen­tes ya temblaban de frío.

¡Ah!, amiga, pero lo que quiero contarte es otra co­sa; es una obsesión que me quita el sueño y las ganas de comer, que me impide incluso pensar con claridad y que me arrebata tontos suspiros desde lo más hondo de las entrañas. Por esa obse­sión incluso a ti te he des­cuidado, ¿sabrás perdonarlo? Lo recuerdo, sí, pro­me­timos jamás enamorarnos, no dejarnos seducir por la fragilidad de un discurso lacrimó­ge­­no ni por la belle­za de las flores. Pero a decir verdad, ni siquiera estoy segura de sentir amor, creo que en todo caso es algo mucho más profundo, mucho más vio­lento. Estoy ena­mo­rada del deseo que despierto en él, de sus ojos cuan­do me miran, de sus manos.

Quizá, para defender mi imagen que seguramente em­pieza a mancillarse, debo re­cordarte, amiga, que he conocido a innumerables hombres, que los evocarás si re­lees alguna de mis cartas y que, por lo menos, en eso no te he fallado. En cuanto a lo de­más, he seguido religiosamente cada una de las reglas de nuestro pac­to: no pensar en las consecuencias, amar nuestro cuer­po por encima de todo, no adju­di­carnos fal­sas aventu­ras, encontrar el gusto en la variedad y no compartir a nuestros hombres. Sí, no lo olvido: no enamorarnos era la primera regla. Y quizá tengas ra­zón, pero no he podido evitarlo. Y aunque me reproches que escribo un lugar co­mún, de cualquier modo lo escribiré: con él todo ha sido di­ferente, como si en nuestro mundo pre­destinado e inalterable un genio perverso nos diera una vuelta de tuerca e invirtiera los papeles. Ya lo sé, tú lo dirás: yo, la más soberbia y triunfadora de tus ami­gas, la que nadie podía domeñar, se en­cuentra ahora idiotamente amor­da­zada.

Pero en lo demás, amiga, ten la seguridad de que nunca te he fallado. A veces creo que fuimos dema­sia­do rígidas al establecer nues­tros preceptos, y que al­gu­nos de ellos, con el tiempo, se vuelven insos­te­ni­bles. Y no es por­que carezca de valor para mantener nues­tro ju­ramento: tú principalmente eres testigo de cuán­to trabajo me costó renunciar a ese hombre que tanto te gustaba, y que muy astutamente pre­ten­día te­nernos a las dos al mismo tiempo en la misma cama, en aque­lla des­ven­ci­jada cama de nuestro depar­ta­mento. Yo no lo acepté porque tú lo habías visto pri­mero, y en eso me llevabas ventaja. Yo no podía cam­biar lo su­ce­dido, debía acatar tu de­cisión: alejarme de él lo más pronto posible. Lo hice y así surgió una regla más: só­lo compartiríamos un hombre si la pri­me­ra en ha­berlo visto así lo decidía. Y de eso quiero ha­blarte.

Hoy lamento profundamente el tiempo mal inver­ti­do. ¡Cuánto desperdicio! ¡Cuán­­to hubiéramos aventa­jado en esos días! Tal vez de esa manera habría apren­dido a defenderme mejor, a proteger mis sentimientos atrás de una coraza fabricada con mi piel y a ofrecer mi carne sin la médula. Pero es que con él todo empezó como cual­quier otro juego: involuntaria e inocen­te­men­te, similar a nuestras confidencias lle­nas de curio­si­dad y a la descripción detallada de cada uno de nues­tros encuentros: ¿a qué huelen nuestros amantes? ¿Cuáles son sus fantasías? ¿Y las nuestras? ¿Cuán­tas concretamos?

Con él he compartido cada uno de sus vaivenes, y él me ha amado por mi ac­ce­si­bilidad. Yo, la más in­teligente, he vivido para complacerlo. Y lo he dis­fru­tado tan­to, que he estado varias veces al borde de la locura. Y es que sus fantasías sobrepasan en mucho las fantasías de los hombres comunes: nada de feti­chismo con la len­ce­ría, nada de hacer el amor con cinco cuerpos a la vez, nada de verme besando a otra mujer. Nada de eso, nada. Tú lo sabes: el orgasmo de un hombre inteligente es en extremo complejo y no siempre se presenta con facilidad. Incluso, a veces, parece ahuyentarse por varios días. Y entonces, du­ran­te ese tiempo, ¡cómo he sufrido y me he deplorado a mí misma, odiando la complejidad de su cerebro y creyéndome la más infeliz de todas las mujeres!

Quizá, ahora que lo escribo, empiezo a darme cuen­ta de las cosas. Su inteligencia es un arma perver­sa­mente adorable que lo sitúa por encima de los demás, dándole ese aire de suficiencia, de dominar el mun­do, de dominarme a mí. Ése es uno de sus encantos: su soberbia, esa manera de mirar el mundo por debajo de los hombros, esa mirada suya con la que me ordena.

¡Ah!, amiga, tan sólo su recuerdo me llena de pla­cer la boca. Pero no me distrai­go más. El juego es el siguiente. Yo, sola, salgo a caminar por las calles de la ciu­dad, preferentemente por las tardes, a esa hora extraña que no puede ser de día ni de no­che y que las más de las veces suele ocasionar confusión. Cami­nan­do entre in­numerables callejones, transitando por la misma acera más de una vez, debo re­gis­trar con cui­dado las miradas que caen sobre mi cuerpo. En espe­cial, aquellas que se detienen en mis piernas. “Debes dejar que te miren”, dice él, y me asegura que el sexo del otro es por completo intranscendente: no importa si atrás de unos ojos descubro hormonas masculinas o femeninas. Importa, en exclusiva, el calor de la mira­da o, más concretamente, la sensación que expe­ri­mento cuando un par de ojos anónimos se depositan encima de mi cuerpo. “Lo que sientes, lo que sientes.”

Ése es el juego, la fantasía: salir cada tarde, llegar con él y describirle las mi­ra­das del día. Y todo lo ha­go religiosa y detalladamente, tal y como él lo exige. In­clu­so, como inundado por una vocación ilimitada o iluminado por un don, la mayo­ría de las veces él se adelanta. No es ne­ce­sario que yo haga el recuento de las mi­radas, pues al des­ves­tirme adivina los ojos que me vieron: “Hoy te­nemos miradas sa­gaces. También, mi­radas de per­dedo­res.”

Al principio, sólo al principio, me sorpren­die­ron sus requisitos y la lujuria que ema­naba de su boca al enu­merarme cada una de sus condicio­nes. Siempre que saliera a la calle debía vestir según sus mandatos: una falda o un vestido de una tela suave y acogedora al tacto, como la seda, con vuelo y delicada caída, y un largo en­cima de las rodillas. Por ningún motivo cubrir mis piernas, ni siquiera con la fibra trans­pa­rente de las medias, y sólo calzar sandalias. ¿Extraño, ver­dad? A mí también me lo pareció, pero luego tuvo la deli­ca­de­za de exponerme sus razones: depen­dien­do de la ropa se pueden adivinar los deseos de su dueña, y si una mu­jer usa falda es por­que anhe­la ser con­tem­pla­da.

Convendrás conmigo en mi inicial sorpresa: si las mujeres usamos falda (y re­cuer­do aquella enor­me co­lección que guardábamos en el clo­set y que compar­tía­mos) no nece­sa­riamente lo hacemos para atraer mi­­ra­das, la usamos sin más, sin ninguna ra­zón en específico, como cualquier otra prenda de ves­tir. Incluso, aquella vez osé pa­sarme de lista y dije que entonces el mismo efecto se pro­duciría si usaba una blusa de mangas cor­tas, ya que al mostrar los bra­zos o los codos podría sen­tirme igual de desnuda que con una falda. Pero, amiga, aún ahora conservo en mi memoria su ros­­tro de­cep­cio­nado: para los hombres una falda no sig­nifica lo mismo que una blusa, no es lo mismo deleitarse con la flexión de un codo que con la flexión de una ro­di­­lla. Para ellos, ni si­quiera un pantalón ajustado (y a decir verdad, pa­ra mí tam­poco) ha­ce las veces de una falda: el mus­lo, la pan­to­rri­lla, el pie, sólo pueden pa­la­dearse cuando están des­nudos.

Entonces, amiga, cada tarde a la mis­ma hora ini­cio mi recorrido. Me gusta pensar que colecciono mi­ra­das co­mo si re­copilara sensaciones. Hay miradas que que­man, como si un cerillo se encendiera en la plan­ta de mis pies y avanzara lentamente por mis muslos y mi vien­tre, ini­ciando una gran hoguera. Hay miradas que las­timan, que al parpadear descubren el juego al que las so­me­to y que me cuestionan. Miradas irreverentes, groseras, que las más de las veces se acom­pa­ñan de majaderías y de obs­ce­ni­dades. Que taladran los senos y el vientre con un cer­tero golpe, penetrán­do­los para bombear la san­gre ador­milada y llenarme el ros­tro de ver­güen­za.

Seguro, amiga, tú también conoces estas mira­das: esos ojos desorbitados y las­ci­vos, esas lenguas que des­bordan la boca para apuntar hacia abajo, para mostrar el es­plendor de un bulto que se ex­pande y se agita en­tre la tela del pantalón. Ante esas miradas, amiga, in­cre­mento el juego, y frágil e indefensa me finjo ex­puesta a sus ojos interrogantes.

Por supuesto, hay miradas terciopelo, suaves, cán­didas, como si la caricia de una ma­no firme recorriera mis tobillos. Y es que sabrás que hay de miradas a mi­radas: des­de los ojos que pasan con rapidez y que ca­si desecho en seguida porque no pro­du­cen un mayor efecto, hasta las miradas deliciosas, las que se de­tie­nen en los mus­los y go­lo­samente hacen el re­co­rrido hasta la cara. Miradas que engullen todos mis flui­dos, que exprimen el jugo que llevo dentro, deseando hun­dir su rostro entre mis pier­nas.

Estas últimas son mis preferidas: además de la sen­sación de agua refrescante, de bri­sa salpicada, casi siempre se acompañan de los más lindos elogios. Y al igual que como ven, yo misma me disfruto. Enar­de­ci­damente, me deleito en las miradas cual si fueran go­losinas.

Después de mi recorrido, regreso. Él, casi sin ha­blar, me desviste de inmediato. Me observa, y con sus ojos descubre los ojos que vagaron por mi cuerpo. Insisto por­que me sorprende: él adivina la tesitura de las mi­radas, lo hondo que han cala­do en mi piel. “Miradas glotonas, miradas hambrientas”, reconoce. Y me es­tru­ja y me absor­be para filtrar a su cuerpo el deseo de cien­tos de hombres y de mujeres. Y se res­triega con­tra mí para comerme. Mas él lo comprende: las mi­ra­das per­manecen en mí tan sólo para él. Y es a esa úl­tima mi­rada a la que yo me entrego, la que me de­vora en la brevedad de un parpadeo. La mirada única, la que fi­nalmente me en­lo­quece y nos tumba encima de la cama.

Pero amiga, amiga mía, debo confesarlo: al mismo tiempo en que mi cuerpo se fundía en la calidez de nuestro abrazo, el placer comenzó a mostrar su lado más obs­ce­no. Primero, fue un periodo corto, tal vez por eso preferí ignorarlo. De pronto, era receptora de mi­radas egoístas que buscaban reservarme para él. “Ni una mirada extraña”, gritó un día en la mañana y, rea­cio a dejarme salir, por más de dos días consecutivos me mantuvo encerrada bajo llave. Yo no protesté ni di­je nada. ¡Cómo ha­cerlo! ¡Cómo contravenir sus de­seos! Y así como sin previo aviso clausuró nuestro juego en una excesiva dosis de avaricia, así también le dio rei­nicio. Asom­bro­sa­men­te, cambió de opinión: expo­nién­dome más todavía él podía acumular mejores rique­zas. Y abrió la puerta para dejarme ir.

¡Cuánto esfuerzo por ofrendarle un ramillete nuevo de miradas! ¡Cuánto agota­miento en conseguirlas! De entre todas las recibidas aquella tarde, yo le llevé una en especial: una mirada aromática, como de fruta ma­dura, olorosa hasta los huesos. Al pasar por mi calle preferida pude distinguirla por su aroma corriendo ri­camente a lo largo de mi espalda. Alguien seguía mis pasos a una corta distancia. Fue una mi­rada des­cu­bri­miento: sin saber quién era el dueño me supe ad­mi­rada al percibir un hormigueo bajando por mi co­lum­na vertebral. Hormigas quebrando mi cintura y en­san­chándose alrededor de mis caderas. Hombre o mujer se deleitaba entre mis glúteos, dividiendo en dos mi espalda. Y así, partida y feliz, recibía el elixir de su aliento muy cerca de mi oído y mi garganta.

A esa mirada, amiga, él tampoco pudo resistirse, y la noche entera me mantuvo boca abajo.

¡Ah! ¡Cuántos suspiros se ahogaron en la al­mo­ha­da! ¿Cuántos? No lo recuerdo. Responde, amiga, ¿tú lo sabes? Dime si son los dioses los que cambian el curso de los acontecimientos. Dime si son los dioses tan ladinos y egoístas, que al observar el goce de los mortales ciernen en ellos la crueldad y la envidia.

Entonces apareció un nuevo indicio: su oscilación entre la tristeza y el abati­mien­to, entre la irritación, co­mo si ansiara algo de mi cuerpo que yo no pudiera ofre­cerle, pues ni siquiera era capaz de explicarlo. Y de nuevo sus miradas egoístas. Celoso e irracional, co­menzó a sospechar de la autenticidad de las miradas depositadas en mi cuerpo. ¡Como si yo pudiera in­ven­tarlas! Su seguridad, la soberbia, su aura tan especial que tan idiotamente me había enamorado, ahora se tam­baleaba: me deseaba sólo para él, le era imposible ver­me con la mirada de los demás.

Al poco tiempo, su deseo se hizo descomunal y es­trambótico: capturar todas las miradas (las presentes, las pasadas, las futuras) en una sola y evitar que al­guien vol­vie­­ra a contemplarme. Ése era su objetivo. Difícil empresa, insostenible. Y el saber­lo lo sumergía en pro­fundos estados de depresión: pasaba los días y las no­ches sin ba­ñar­se y sin comer, ojeando sus revistas para caballeros, ignorándome. “Si al menos fueras como ellas”, parecía decir.

Luego, amiga, las consecuencias: comenzó a des­cui­darme.

Paradójicamente, ése fue uno de los periodos en que recibí el mayor número de miradas y cuando ex­peri­menté una nueva sensación: las miradas musica­les. Ale­gres o melancólicas se encajaban como es­pi­nas per­fectamente localizables en la superficie de mi piel, en lo más blando, haciéndome bailar al ritmo de una mú­sica fantasma enterrada adentro de mis sue­ños, centí­metros abajo de mis nervios y tejidos.

Él se volvió irascible y fui rechazada de la manera más cruel: nunca ya sus ojos en mi cuerpo, justo cuan­do yo rebosaba de miradas. Me desvestía con violen­cia: arran­cando mi ropa a tirones, no descansaba hasta dejar la tela inservible, y cuando por fin mi cuerpo era descubierto, sus ojos me evitaban, desva­ne­cién­dome, borrando mi reflejo en sus pupilas.

He sido feliz, amiga, inmensamente. No, debo ex­presarme con mayor claridad: ya no soy feliz y por eso te escribo. El juego lo tiene harto y ya ni siquiera bus­ca tocar­me. Me ve como si hubiera hecho las cosas mal, como si en algo hubiera fallado o desobedecido las reglas. Pero no es así.

El otro día tuvo a bien apiadarse de mí y casi rea­parece nuestra antigua compli­cidad, la vehemente com­plicidad recién perdida. Yo lloraba, amiga, no pude evi­tar­lo, una lágrima atrajo a la otra y mi cuerpo se convirtió en cascada de mis ojos. Fue entonces cuan­do escuché su sentencia: “Debes buscar algo nuevo, algo que impri­ma novedad… Estoy cansado de tanto verte. A ti, a ti sola. A ti siempre… Estos días he es­tado aburrido.”

¡Ah!, amiga, cuando el ser amado se declara abu­rrido toneladas de plomo caen desde el cielo, y el agua más helada te azota la espalda, y la sangre se licúa en tus venas, y las manos y los brazos y el cuerpo todo se des­hace con torpeza. No puedes imaginar tanto do­lor y yo no puedo describirlo. Para él, yo era sinónimo de pereza.

Mas recordarás que jamás me he vencido a la pri­me­ra, y pen­sando y pensando en alguna posible solución te he invocado, y a ti recurro co­mo mi última espe­ranza. Apelo, amiga, a nuestro pac­to: no com­par­tir el mismo hombre a menos que la primera en haberlo visto así lo quiera. Y yo lo deseo, amiga, enor­me­men­te. ¿Podrías ayudarme? ¿Qui­tarte las medias, ponerte una falda, abordar un camión, un taxi, y ca­minar por la ca­lle para re­colectar miradas? Yo te es­ta­ría es­pe­rando para que jun­tas llegáramos con él y le ofre­cié­­ramos así un doble festín de miradas. Juntas in­ven­ta­re­mos nuevas cosas, como las mujeres de sus revistas.

Me urge encontrar un giro, burlarme del egoísmo de los dio­ses, alterar las nor­mas, no pensar las con­se­cuencias.

Como antes, amiga, como siempre.

Maritza Buendía


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